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Garçon, un café cargadito (de historia), s’il vous plaît!

Cuenta la leyenda que el café llegó al país galo de manos del alcalde de Ámsterdam en forma de obsequio al por entonces monarca Luis XIV. Y cuentan también que la acogida que tuvo este nuevo brebaje entre la aristocracia parisina fue avasalladora. Equiparable solo al recién descubierto chocolate.

Pero para entender la magnitud de tal evento tenemos que detenernos en Le Procope, el café más antiguo de la capital gala. Fundado en 1686 en el distrito de Saint-Germain-des-Prés por un tal Procopo, un siciliano afincado en París, Le Procope fue el pionero de los establecimientos en los que degustar la recién llegada bebida. Hay que reconocerle al tal Procopo que tuvo visión de negocio. Solo 10 años después ya habían abierto en París unas 200 cafeterías más; un auge auspiciado por el creciente número de adeptos al café en la clase media y por el incremento del precio del chocolate.

Eran tales las propiedades que se atribuían al café, que pronto empezaron a frecuentar esta cafetería grandes pensadores de la época, como Rousseau, Voltaire, Robespierre, Jean de La Fontaine, Montesquieu o Diderot. Tanto era el tiempo que podían pasarse en Le Procope enzarzados en interminables tertulias que Voltaire llegó a instalarse su despacho ahí mismo. De hecho, hoy en día se sigue conservando su escritorio en el mismo sitio de siempre, entre la escalera de acceso y la entrada a los comedores. Dicen que Voltaire podía tomarse hasta 40 tacitas de café al día, eso sí, aderezadas con otra de sus pasiones, el chocolate. Pero no era el único que abusaba del poder hipnotizante y adictivo del café. Años más tarde, Napoleón Bonaparte tuvo que dejar su sombrero como fianza por la cuenta de cafés que dejó por pagar. Una cuenta que liquidó cuando se convirtió en emperador y se hacía llevar sus 20 tacitas de café diarias. Con el transcurrir de los años, por el café siguieron pasando grandes personalidades de la historia de la literatura, como Victor Hugo o Balzac, así como grandes del teatro.

Hoy en día Le Procope sigue siendo un establecimiento de bandera. Pero como es de esperar con el paso del tiempo, la cafetería que abrió hace cuatro siglos ya no es la misma, aunque guarde su más pura esencia. Le Procope es más que un café, y entre sus paredes podrás degustar algunas especialidades de la cocina tradicional francesa en su elegante restaurante. Por lo que a la decoración se refiere, sigue manteniendo ese charme de época, con mobiliario a uso y semejanza del que había en el siglo XVIII, con sus suelos cubiertos de moqueta, paredes pintadas de rojo, cuadros de personajes célebres que pasaron horas en esté café colgados de las paredes y candelabros. El resultado es un ambiente cálido y acogedor que te transportará a la época de máximo esplendor de Le Procope. Una época en la que uno hubiese vendido su alma al diablo por una taza de café. Algo que nos puede parecer insospechado a día de hoy, cuando el café está al alcance de casi todos con solo levantar la mano y decir “un caffé, s’il vous plaît”.

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